martes, 12 de junio de 2012

Es bien cierto.



Sujeto divertido y pintoresco el hombre de campo y mucho más cuando se enfrenta a un montevideano. Tipo honrado, honesto pero mentiroso a más no poder resulta el hombre de tierra adentro. - Ya sé que en el interior de nuestro país también existen crápulas, lacras y seres despreciables, pero hoy no es de estos de los que quiero escribir, sino de ese hombre de campo que el montevideano tiene como ser ideal - . Conozco algunos que juran haber hecho faroles con bichitos de luz, otros que afirman haber visto en vivo la final de la Copa Libertadores del 66’. Pero hay algo que es bien cierto, todo lo que afirma “puede ser verdad, puede ser mentira pero no me importa” si no hay sensación más placentera de saber que a uno le están mintiendo pero para hacerle la estadía más disfrutable.

Cuando uno sale del taper montevideano en el que vive, se siente muchas veces un imbécil. Recuerdo siempre con cariño la primera vez que viajábamos hacia San Javier con Analía, para llegar uno debe realizar una travesía casi titánica – pero sin que se hunda el barco -  se sale en la madrugada para intentar llegar con el amanecer y aprovechar al máximo la estadía. Cuando uno cree que el viaje termino, es solo un espejismo pues hay que cambiar de ómnibus para poder llegar al destino final. Fue ahí cuando Analía media dormida me dice:

-          ….Decile al chofer que nos bajamos en los hilos…

Mi propia compañera agarrándome de gil en medio del viaje. Si lo único que se veía era verde por todos lados, no había ni siquiera una columna de la cual colgara un cable, muchos menos colgaría un hilo. Obviamente jamás le dije nada al conductor y ya ahí de llegada no más el montevideano se mandaba la primera montevideanada, pues Analía me había dicho:

-          ….Decile al chofer que nos bajamos en los silos…

Por suerte más allá de mi ignorancia, nos bajamos bien – en realidad nos pasamos una parada  pero al ser un pueblo de pequeño tamaño se puede considerar como bien -. 

Ahora también es bien cierto que cuando el hombre de campo juega de visitante los montevideanos los carpeteamos un poco.  El hombre que trae su fiesta a la capital. El Prado se viste de gala para recibir a los domas y zas cuando menos se lo espera le aparece la rubia paqueta – podría ser morocha paqueta, pero la realidad marca que la que apareció en cámara fue una rubia paqueta – con una papa en la boca al canto de:
-          …Gordo…estas re maltratando a ese caballo…
-          …digo…todo bien…con esto de lo tradicional…
-          …pero no te parece poco…tipo todo mal…
-          …somos las alieris de Brigitte Bardot…
-          …todo mal…vos con ese…tipo caballo….

Entonces el pobre gaucho queda como confundido – al igual que todo ser mortal que escucha la protesta, salvo la rubia paqueta que está convencida que está salvando al mundo de la barbarie – trata de explicarle a la señora que todos los papeles están en regla y que es lo más normal del mundo, o al menos de su mundo el domar a un caballo.

Pero si hasta acá llegaste – no dejes leer ahora por favor - no te pierdas la historia de amor que esconde este relato. Pues la rubia paqueta y el gaucho son en realidad dos almas gemelas, “son la amalgama perfecta entre experiencia y juventud”. El hombre de campo ansioso de tener escuchas para sus historias y la rubia deseosa de ser domada, pero jamás maltratada. Y es de ellos que depende que el país se siga poblando de jóvenes blancos.