sábado, 15 de octubre de 2011

La vecindad al palo


         Tal vez sea mis vaivenes emocionales que me hacen percibir de manera un poco más irritable a mis vecinos. Quizás nada tienen que ver mi estado de ánimo y simplemente el vecino es, por su propia definición, una especie de facebook humano el cual está interesado en saber todo los que nos pasa. Pero no se conforma con saber algún detalle de nuestra vida, además se siente con derecho a opinar y como si esto fuera poco necesita que nosotros nos enteremos de lo que él piensa de nosotros.

        Sin temor a equivocarme debo ser el vecino más antisocial del edificio en el que vivo. Pues no me interesa saber que hacen mis vecinos adentro de su hogar y mucho menos me interesa saber que hacen afuera. No tengo interés en saber si Peter (que es un perro) come solo pollo, si hay que sacarlo tres veces para que cague o si es la dueña la que tiene que salir tres veces al día para poder mover el vientre.

       Entonces me pregunto, ¿soy yo?

       Qué necesidad tiene mi vecina del segundo piso en presentarse como la vecina del 202 cada vez que me la cruzo, ya lo sé doña hace casi dos años que se me viene presentando, ya entendí usted es la señora del 202. Qué necesidad tiene la portera de contarme que hay vecinas que le dan al whisky, que no se bañan o de preguntarme cuando bajo ¿hoy no trabajas? Señorita portera si trabajo o no es mi problema no el suyo o me va a ofrecer trabajo.

      Entonces escribo y para no ponerme a las patadas con mis vecinos, necesito la imperiosa necesidad de compartir este sentimiento que hoy me invade con ustedes queridos lectores. Necesito cómplices, no para atentar contra mis vecinos, aunque al igual que Tabaré evalué la posibilidad de llegar a lucha armada (sobre todo con la dueña de Peter) sino para no sentirme tan solo y que al final la respuesta a: ¿soy yo? no termine siendo: si, soy yo.