miércoles, 24 de agosto de 2011

Buen día para la rata

           Era una tarde de miércoles, el almanaque indicaba que el invierno debía presentarse con sus mejores fríos. Por la ventana del ómnibus la primavera se colaba. El sol acariciaba la mejilla de Juan, lo invitaba a soñar, esté no hizo nada para impedírselo, cerro sus ojos y se dejo llevar.
            Las ideas bailaban en su cabeza, música, fútbol, los problemas cotidianos, Ludovica Squirru. Juan se detiene a ordenar este vaivén de imágenes que invaden su viaje, le preocupaba saber cómo había llegado hasta su cabeza, la reina del horóscopo chino a compartir su tarde primaveral.
            Juan no era un devoto del horóscopo, le costaba creer que los movimientos de los planetas, las estrellas, las olas y el viento sucundum sucundum, fueran vitales a la hora de definir su estado de ánimo, su salud, su bolsillo. La imagen de Ludovica generaba una intriga aún mayor, ¿qué corno me quiere decir mi subconsciente?, se preguntaba Juan. Al no encontrar una respuesta coherente, decide resetear su disco duro y continuar disfrutando de su viaje.
            Vuelve a mirar por la ventana, la tarde sigue ahí reflejando colores, pues los colores son más fuertes, más vivos en las tarde de sol. Desde su adolescencia que Juan no se detenía en este detalle, en aquellas tardes de detalles con amigos, escapando del reloj, de los ruidos de la ciudad, escapando de la clase de matemática.
Rateándose, rumbo al parque, con el único objetivo de aprovechar la sombra de aquel árbol, escuchar el pedalear de un enamorado en su intento por robarle un beso a la futura novia en los botecitos, e intentar arreglar el mundo.
Saber que el mundo está ahí a la vuelta de la esquina, encontrarse a uno al pegar la vuelta, darse cuenta que el árbol está ahí, dando la misma sombra, pero esperando nuevos sueños para ser escuchados, cómo no darse cuenta, todo tiene sentido, Ludovica me lo estaba anunciando, si hoy, si hoy es una hermosa tarde para hacerse la rata.