domingo, 8 de mayo de 2011

No le temo al encierro.



Si bien no ando por la vida encerrándome en lugares, ni me gano la vida como escapista, ni mago callejero, en tres oportunidades tuve la mala fortuna de quedarme encerrado. En mi primer encierro no me cundió el pánico, pues me encontraba en mi casa y tenía la certeza de que en algún momento alguien iba a volver a rescatarme. El motivo de este primer encierro fue un mal entendido de llaves (por más detalles leer Amotinamiento).

El segundo encierro fue motivado por mi falta de costumbre al usar un ascensor, dicen los manuales de uso de ascensor: “Regla n° 4: cerrar la puerta del ascensor. Verifique por favor que haya quedado cerrada, insistimos, perdone y no queremos parecer pesados ¿la puerta está cerrada?”

Yo claramente no había estudiado la ya mencionada regla número cuatro, y por tal motivo luego de darle marcha al ascensor, éste detuvo su viaje. Mi segundo encierro no duró más de cinco minutos ya que la conserje del edificio (algún día les contaré detalles de este personaje) rápidamente me rescato.

En la tercera ocasión los protagonistas se volvieron a encontrar, el ascensor y yo. Esta vez el encierro duró 48 minutos, los motivos del mismo hasta el día de hoy los desconozco. Salí de casa y llevé a cabo las cuatro primeras reglas del manual de uso del ascensor sin fallar. Luego apreté el botón que me llevaría a la planta baja y el ascensor comenzó su curso, y justo entre el noveno y el octavo piso, se detiene. (Me había tomado el ascensor en el piso 9) El sonido de la alarma comenzó a deleitarme los oídos en señal de que algo malo estaba pasando.

Comenzaron a pasar los minutos, golpeo la puerta y nada, nadie da señales de vida del otro lado del ascensor. Volví a intentar mi contacto con el mundo y nadie respondió. El sonido de la alarma ya me comenzaba a irritar. Entendí que la espera sería un poco más larga que la de la última vez. Me senté en cuclillas, estrenaba mi pantalón hippie, comencé a cantar: “…Detrás de las paredes, de este ascensor, recuerden que hay un alma todavía…y que alguien me escuche, y que alguien me escuche…y me rescate estoy aquí…”

Comencé a reflexionar sobre la vida, me sentía muy cerca de Gloria Estefan pues yo también quería que alguien “…oiga mi canto...”. También me vinieron dudas existenciales cruciales ¿cómo se llama el Colorado de Omar Gutiérrez?, ¿Fabián Estoyanoff definitivamente quiere dejar el fútbol para ser la nueva cara del Koleston 2000?, al final alguien sabe ¿dónde vacunan en la Blanqueada?, el gordo de la Colombes ¿va a la Colombes?, ¿el que tiene Colombes va a la Colombes?

De vez en cuando golpeaba la puerta esperando alguna respuesta del mundo real. Edificio de 10 pisos, dos apartamentos por piso, por lo tanto 19 familias que podían rescatarme, pero ninguna necesitaba el ascensor. No quedaba otra alternativa que seguir meditando.

El discurso de un premio nobel de la paz celebrando una muerte humana ¿no es un poco contradictorio con la paz? ¿O eso lo hace nobel? ¿Los informativos informan? Como saben los señores informativistas que una rapiña realizada por alguien que lleva casco, ¿es un menor? ¿Por qué en la semana previa al clásico los programas deportivos no hablan de fútbol? ¿Será porqué Peñarol y Nacional no juegan a nada?

Vuelvo a intentar contactarme con el mundo real, y ésta vez escucho un murmullo, del otro lado de la puerta hay vida. Para mi asombro son dos los primeros rescatistas en asistirme, mi vecina embarazada del tercer piso, ella y su panza son mi salvación. En un accionar rápido mi vecina me rescata al mundo real. Atrás quedaron los cuarenta y ochos minutos de encierro, las reflexiones, la soledad.

Vuelvo al mundo respiro, respiro aire fresco, y puedo afirmar que no le temo al encierro.