jueves, 24 de marzo de 2011

Retire su número para ser atendido.

Todos alguna vez hemos retirado nuestro número y hemos esperado a ser atendidos. Algunas veces esta espera ha sido calma y otras tantas veces ha sido desesperadamente desesperada. Generalmente el tiempo de espera supera al tiempo de atención, motivo por el cual retirar número y esperar, no es de las experiencias más atractivas de nuestra vida.

Desde comprar fiambre hasta sacarse sangre son actividades que requieren retirar número y esperar. Ni hablar de cuando debemos realizar un trámite en alguna oficina pública, (en realidad estoy actuando como los invitados a los programas de chimentos, que dicen no voy a llorar por tal o cual motivo y ni bien terminan de decir no, explotan en llanto) es ahí cuando nuestra capacidad de esperar se ve superada.

En la espera fiambrera vemos como los jóvenes empleados de los supermercados meten mano a los fiambres desesperadamente para poder atendernos a todos. Particularmente está espera no me altera la psiquis, pues me he auto convencido que comprar fiambre en Montevideo implica directamente esperar, no existe en dicha ciudad lo que los neoyorquinos del sur llaman “fast fiambre”.

En la espera sanguínea, la espera nos agarra en ayunas y por tal motivo como dice el dicho popular “de niño o en ayunas no cuenta”, por tal motivo si uno debió esperar quince minutos u ocho horas cuarenta para sacarse sangre lo mismo da. Además todos los donantes de sangre sabemos que donamos sangre por dos causas nobles: la primera es no asistir a trabajar en dicha jornada; la segunda y fundamental es poder desayunar a posteriori de la donación dos galletas al agua “Soda cracker” acompañadas de mermelada “Los nietitos”.

Pero la espera que me desespera, es la espera pública. Para empezar uno tiene que ir sabiendo que pierde los primero treinta y cuatro minutos buscando el mostrador en el cual será atendido. Una vez hallado éste (el mostrador), deberá esperar a que aparezca quien es el empleado público que se digne a atenderlo.
Ninguno de los (mínimo) tres sujetos que están sentados detrás de sus respectivos monitores, mirando totalmente concentrados la pantalla, como quien resuelve una ecuación de segundo grado o como quien duda en teclear un botón de “me gusta” en alguna red social, se percata de que usted está parado detrás del mostrador.

Uno de los tres nos mira, le damos una especie de cierta ternura y se acerca, con cara de “bueno me arrimo porque la cara de desgraciado que tenéis me rompe el alma…y las pelotas”, y cuando todo parece llegar al comienzo del trámite, es cuando sonriendo nos dicen: “retire su número para ser atendido” y a continuación comienza a gritar: “doce, trece, catorce…”

Miró a mi alrededor, estoy solo en ese pasillo, y este tipo que sigue cantando números y yo ahí parado y tengo el cuatrocientos veintiocho y no puedo más, exploto y me cuelgo de ese artefacto que tiene aspecto de revolver y que convive con nosotros y nadie sabe cómo se llama, si me refiero al dispensador de números y respeto el cartel retiro y retiro números cual serpentina (Y creo que en este párrafo abuse de la letra Y)

El empleado comienza a tartamudear, al verme sacar números sin parar: “la información está en la página web”. Yo le respondo: “de qué página…de qué web me hablas... si todavía no te dije que es lo que vengo hacer…así de números está bien o saco más…” Tal vez algún improperio se me pierda entre los puntos suspensivos. Luego que le pinche todos los número que saqué, desde el cuatrocientos veintiocho hasta el setecientos dos (aproximadamente) le agradecí por la información, le expliqué el motivo por el cual yo estaba ahí, terminamos el tramite (sin necesidad de página web) con la colaboración de un traductor (uno de los otros dos empleados que de casualidad estaba ahí)

Luego de esta experiencia me juré que al menos por un año no voy a ir a comprar fiambre, no voy a ir a donar sangre, ni tampoco realizaré actividades que requieran retirar número y esperar.