jueves, 10 de marzo de 2011

Mi estadio.

De muy chico mis padres me inculcaron, sin querer o queriendo, el amor al fútbol. Como buen futbolero he pasado por todos los estadios del mundo.

A los siete años con mi equipo de relator de fútbol, me encerraba en el cuarto de mis padres, me sentaba frente al televisor blanco y negro, me prendía el carnet de prensa con un alfiler, me ponía los auriculares, tomaba en mis manos el micrófono y comenzaban así mis tardes de verano y liguilla pre libertadores de América. De vez en cuando mis transmisiones futboleras eran interrumpidas por la voz de mi madre que me decía:
- Shhhhh más bajo…relata un poco más bajo Nicolás.
Pues mi relato se le entremezclaba con los diálogos de Catherine Fulop y Carlos Mata.

En la adolescencia me afloro el fanático fundamentalista, me transformé en el hincha que ve la vida a través de los colores de su equipo, en esa época todo era amarillo y negro para mí. El fin de semana suspendía cualquier actividad que se me superponía con el fútbol. En realidad los fines de semana sólo existía una única actividad, ir al estadio.

Fue un domingo de clásico, mi hermana tomaba la comunión, la celebración comenzaba a las tres y media de la tarde, la comunión era a la cinco y media. Tenía los minutos contados, no podía tener el partido más de cinco minutos de descuentos, no había margen de error, salí del estadio e intenté pasar por mi casa para cambiarme. Pero le erre en los cálculos, el reloj indicaba que la comunión estaba por empezar, por lo tanto cambié de rumbo y llegue a la iglesia cuando comenzaba el primer canto celestial, yo me entrevere entre la gente llegue a la primera fila y salude a mi hermana que sonrió al verme la camiseta de Peñarol en el pecho.

De apoco la pasión y el fanatismo por mi equipo se fue racionalizando, mi amor por el fútbol no. A medida que uno se va poniendo más viejo toma nuevas costumbres, nuevos hábitos. Hoy cuando se juega un partido de relevancia como por ejemplo final del campeonato haitiano o simplemente juega Peñarol, si estoy en casa, me apronto un mate, acomodo mi puf naranja frente al televisor y en ese momento somos dos: el futbol y yo.

En mi estadio casero la pasión por el fútbol y la ilusión son las mismas de aquel niño que relataba la liguilla en las tardes de verano.