viernes, 21 de enero de 2011

Yo dormí con Mac Guiver.


No hay cama como mi cama. Esta es una verdad indiscutible. Es una tautología por donde la miren y se codea son otras del estilo como pueden ser: la teoría de la relatividad de Albert Einstein o la capacidad de asombro no tiene límites de Julio Ríos.

La cama nos define como seres humanos y hasta arroja ciertas características de sus propietarios.
Cama de una plaza, desordenada, ruidosa, es cama de adolescente. Cama de una plaza y media, tirando a somier, con almohadones y acolchado haciendo juego con las cortinas del cuarto es cama de pareja de no más de cinco años de convivencia.

Ahora cuando te vas de vacaciones y alquilas una casita en la Ciudad de la Costa, todo puede suceder. Y yo no fui la excepción a regla.

El primer año en que me fui de vacaciones a dicha ciudad, me toco una cama dura como túnica de maestra el primer día de clases. Si bien me costó adaptarme reconozco que mi espalda comenzó a enderezarse a partir de esas vacaciones. Era una cama sobria, sin sonidos seguramente sus dueños serían un matrimonio con hijos adolescentes, los cuales cansados durante el año del bullicio juvenil eligieron una cama sarcófago para dormitar en sus vacaciones.

En la segunda de las camas que tuve la oportunidad de dormir en mis vacaciones la experiencia fue sublime, paradisiaca. Somier de dos plazas, vista al mar, aire acondicionado. Aquí claramente sus dueños, dos jubilados bancarios cansados del estrés producido por los constantes conflictos vividos en sus épocas mozas entre Aebu y el gobierno de turno, decidieron no escatimar a la hora de hablar de camas.

Era muy difícil mantener el nivel (y ni que hablar de superarlo) en mi tercera experiencia aunque no esperaba nada en particular, era conciente de que iba a extrañar a esa segunda cama.

Ahora me doy cuenta que dormir en estéreo es bastante jodido. El Rock and Samba del Parque Rodó es un silenciador comparado con la cama en la que tuve que dormir este último verano. Vuelta que daba, sonido que se escachaba. Tentado por la curiosidad decidí ver que había debajo del colchón. Sabiendo que esto podría ser letal para mis vacaciones.

Recordando lo heroico que fueron los personajes de Lost cuando fueron hacia el otro lado de la isla, o el coraje de Juan Antonio Lavalleja cuando entro a su casilla de correo (33orientales@hotmail.com) para enviarle el email a los otros 32 orientales para embarcarse y desembarcar en la Agraciada, o el Pelusa Magallanes para insultar al pobre Gordo Púa y decirle “Gordo a mi del mundial no me dejas afuera porque te cago a palos”, así fue que me dije a mi mismo, si ellos pudieron yo también puedo y levante el colchón.

Ante mis ojos apareció una media parrilla y una fibra de madera agujereada, las cuales estaban unidas por unos alambres que en su conjunto hacían las veces de parrilla.

Solo un hombre de setenta años de edad, soltero y hoy desocupado pues la guerra fría se terminó hace más de veinte años puede dormir en este sonajero, el cual le hace rememorar sus mejores movimientos para lograr el silencio.

Fue entonces cuando me di cuenta que esta cama era propiedad de Richard D Anderson, más conocido como Mac Guiver.