martes, 25 de enero de 2011

De nene de mamá a amo de casa en un solo viaje.

Cuando realizamos largos viajes en ómnibus, muchas veces no nos percatamos del peligro al cual nos enfrentamos. Uno casi siempre se preocupa en la horas previas de armar el bolso, no dejar nada que afecte su estadía en su nuevo destino y poco o nada se preocupa de prepararse sicológicamente para afrontar el viaje.

Los más precavidos llevan el mate en la matera, algún refuerzo (preferentemente que no sea de salame), un libro, el celular cargado para enchufarse y detonarse a música. Yo por mi parte generalmente llevo el mate y me gusta ir observando el paisaje tanto exterior como interior del ómnibus.

En uno de mis viajes lo vi a él, “el viajero sicodélico”, medía uno noventa y siete, tenía 46 años, flaco de movimientos toscos y claramente su rostro denotaba que tenía el gen del hombre de interior, cara grande casi caricaturesca y andar cansino.

Se sentó en la fila del al lado, más precisamente dos asientos adelante del mío, ambos viajábamos sobre el pasillo. Al subir su musculosa fucsia se perdía en su gigantesco cuerpo, su gorro de visera negro con grandes letras amarillas con la inscripción de manya, eran el combo perfecto para que el viajero no pasara desapercibido.

Cuando se sentó su muñeca izquierda brillaba, pensé que estaba alucinando debido al intenso calor pero el brillo era de su reloj color plata y dorado, reloj que era tan grande que desde mi asiento yo también podía ver la hora (16:43). El sol me jugaba en contra ya que el reflejo de este en el enorme reloj me daba justo en medio de mis ojos.

Al bajar la vista para evitar el resplandor fue que pude observar la frutilla de la torta, el viajero lucía unos championes Nike grises con una enorme pipa verde fluo, lo cual el combo no hacía más que reafirmar mi definición sobre nuestro personaje y su sicodélica vestimenta.

Al poco tiempo de emprender el viaje la compañera de viaje de nuestro hombre luz, le pide permiso para ir al baño, este sin moverse de su asiento encoje sus hombros levanta los brazos al mejor estilo Paolo Montero luego de cometer una falta, hunde su panza y mueve su cabeza indicándole el camino a la dama. Esta sonríe y literalmente lo salta como puede y logra su cometido, acceder al pasillo para ir al baño.

Más tarde el sonido de unas uñas rascándose ferozmente me despertaron de la mini siesta del viaje. Nuevamente el viajero era el protagonista de dicho sonido, luego de unos ocho minutos de rasca y rasca detuvo sus movimientos, saco una lapicera de uno de los bolsillos de su bermuda, de otro bolsillo sacó una revista de sopas de letras y continuo su viaje como si nada hubiera pasado.

Es hasta el día de hoy que mi señora cuando no quiero tomar la sopa o bañarme, me dice con voz sería: mira que si no lo haces llamo al viajero sicodélico. El solo mencionar su nombre me da escalofríos, mi señora con esto consigue que me tome la sopa, me bañe, ordene la casa, haga las compras, cocine y lave los platos.