miércoles, 30 de diciembre de 2009

El coleccionista de huesos.

Trascurría el mes de diciembre del año 1997, jugaba al fútbol de salón, un esguince me dejaba al margen de un partido, pero el huesero me devolvió a la vida deportiva y fue así que conocí a un coleccionista de huesos.

El fútbol de salón era mi pasatiempo en el año 1997, si bien en aquel momento algunos soñábamos con jugar una olimpíada y otros soñaban con jugar en España. Los más grandes la tenían clara y siempre afirmaban - “no te aflijas esto es fútbol de salón”-

En aquellos años yo dividía mi tiempo entre el fútbol de salón, mi trabajo en MC Donal’s y el estudio en el I.P.A. con respecto al fútbol de salón era una época complicada pues entrenábamos pero no competíamos. No era que estábamos en el banco de suplentes porque había otros compañeros con mejor desempeño, no competíamos por problemas políticos entre la Federación de Fútbol de Salón y la A.U.F. A modo de ejemplo un año antes competía al Fútbol de Salón por Peñarol y al Fútbol Sala por Bella Vista, era todo un entrevero.

Volviendo a la época de entrenar y no competir, hubo dos personas que tuvieran un peso enorme en que no dejará de entrenar, una de ellas fue el entrenador Bambino Sauce y el delegado Mario Pizzorno.

Mario gestionaba la cancha para entrenar, nos conseguía partidos amistosos, autorizaciones para faltar al trabajo si teníamos que viajar, las cuales venían con sello oficial de Peñarol y uno se sentía Pablo Javier Bengochea en su trabajo. Si sería buena la labor de Mario que sin competencia oficial nos conseguía viajes no solo al interior sino también al extranjero (Mar del Pata, Porto Alegre) en esta ocasión que me voy a detener Mario había logrado que nos invitaran a la celebración de los 100 años del Solís de Pando.

El partido estaba pactado para el día domingo, el miércoles en el penúltimo entrenamiento antes del viaje me esguince, muchos acusaron que la lesión se dio por mi maravilloso vendaje, al mejor estilo momia. Todo indicaba que no viajaba, pero Mario me llamo el viernes y me comunicó que el sábado a la mañana iríamos a Salinas a visitar a un huesero.

El sábado a la mañana Mario me paso a buscar acompañado de su hijo menor Pablo, y ahí arrancamos los tres hacia Salinas. En el viaje Mario nos comento como había contactado al huesero, todo fue gracias a un allegado al Tony Pacheco, además nos contó que a la vuelta del huesero debíamos pasar por Los Aromos a buscar un juego de camisitas nuevas que Peñarol nos daba para concurrir a jugar a Pando.

Cuando llegamos a la casa de huesero, esté salió de atrás de una cortina y era una mezcla de Capablanca y El Mano Santa. Luego de los saludos de rigor y de comentarle como habíamos contactado con él, me pidió que me ubique en la camilla y se dispuso a masajear mi tobillo esguinzado con sus dos pulgares. Mientras realizaba estos masajes y me hacía sentir el dolor más profundo que recuerdo en mi vida, superior al dolor que sentí cuando a Chanquete lo querían echar de su barco, el huesero se dedico a conversar con Mario sobre sus dotes. Pablo observaba la escena y no podía creer mi cara de dolor, ni tampoco creía como su padre y el huesero tenían una charla teórica practica sobre huesos y me utilizaban como ejemplo.

El momento en el cual realmente me asuste fue cuando el huesero con un movimiento rápido dejo mi tronco mirando para un lado y mis piernas para el otro. Ahí pensé que más que un esguince lo que yo tenía era un exorcismo, cuando esperaba que entraran las gallinas para el sacrificio, para mi sorpresa el huesero me volvió a acomodar – sin necesidad de gallinas – y me pidió que caminara. Yo con mucho miedo comencé a caminar y renguear e inmediatamente el huesero me dijo – “…¿Por qué rengueas? ¿Tenés dolor?...” – Yo inmediatamente, tal vez por miedo a volver a la camilla le respondí –“…No, no…”- y salí caminado normalmente.

Pensando que la experiencia había sido todo un éxito y extravagante, aún faltaba algo más. Al despedirnos Mario le comento que pasaríamos por Los Aromos, en ese momento nos solicito si podíamos de paso llevar un frasquito con aloe, y nos indico que por favor se lo entreguemos en mano propia al Pato Aguilera.

Al llegar a Los Aromos y luego de retirar el juego de camisetas pedimos para hablar con el Pato, si bien al principio nos negaron el pedido, cuando nombramos que veníamos de parte del huesero, el encargado de atendernos se fue y los pocos minutos estábamos charlando con el mismísimo Pato Aguilera. Nos agradeció por el aloe, nos hablo de las bondades del mismo y me recomendó usarlo, terminado con frase que aún retumba en mi memoria – “…con esto volaz…” –

Ya en el camino de regreso el silencio nos domino por unos segundos, íbamos por la ruta sorprendidos por la mañana vivida cuando de repente Pablo pregunto señalando con su índice hacia el cielo – “…¿eso no es pasto?...- Nos miramos con Mario y efectivamente, un terrón de pasto sobrevolaba el techo del auto. Nos volvimos a mirar los tres y se escucho la voz de Pablo nuevamente, esta vez reflexionando – “…menos mal que el frasco solo lo tuvimos en la mano, si lo tomábamos…” –

El domingo gracias al huesero pude jugar quince minutos y luego me volví a sentir del esguince, además Peñarol de la mano del Pato Aguilera remonto un 2 a 0 contra Nacional. Y todo obra del huesero, aunque hasta el día de hoy mi tobillo sigue hinchado, pero sin dolor, pues estoy seguro que el huesero en realidad me quito algún hueso para su colección porque en definitiva era un coleccionista de huesos