lunes, 23 de noviembre de 2009

Se nos llovió la Cita.

La cita no fue con lluvia, sino que la lluvia inundó la Cita.

Luego de una jornada de trabajo me espera la hora y cuarto de viaje de regreso a casa. Como todos los días marco el asiento, es decir pido un número de asiento ya que también viajan en el mismo coche algunos de los alumnos con los cuales comparto las tardes, y de no ser así viajaría parado alrededor de unos 15 kilómetros.

La tarde soleada se transformó en gris, tambaleante como toda la primavera. Salimos diecinueve menos cuarto, miraba a través de la ventana del ómnibus como el celeste y gris se disputaban el cielo, en una batalla titánica.

A los pocos minutos de comenzado el viaje, la bomba de agua no se hizo esperar, había ganado el gris. Llovía, como siempre desde arriba hacia abajo, pero esta vez como muchísima intensidad.

A mi derecha viajaban una adolescente con su mamá que traía a una bebe en brazos. Más atrás dormían una señora, el ruido de la lluvia se entremezclaban con sus ronquidos, los cuales causaban la risa de los demás pasajeros.

De repente se enmudecieron los ronquidos y la señora gritó: “…se me está inundando el rancho…” Todos sonreímos pensando que la señora había entrado en un sueño profundo y que estaba soñando.

Pero segundos después todos nos dimos cuenta que la señora no estaba soñando, comenzó a caer agua del techo del ómnibus, los orificios del aire acondicionado se transformaron en duchas portátiles, alguien grito: “…mujeres y niños primero…se nos hunde el Citanic…Nos encanta mojarte”