miércoles, 25 de febrero de 2009

Varela, nos dejó varela


A pocos días de comenzar un nuevo año escolar. Una inquietud vuelve a retumbarme en la cabeza. Don José Pedro Varela, nos sentó en fila y mirando hacia el pizarrón dentro de un salón de escuela, y desde ahí nunca más nadie nos desacomodo, ¿no será hora de desacomodarnos?

Las instituciones educativas – particularmente me refiero a los liceos – se han quedado en el tiempo y en el espacio. Tengo la convicción que entre alumnos e institución existe un divorcio generacional importante.

El alumno reclama espacios y actividades que la institución muchas veces no escucha, y si las escucha no cuenta con los medios para hacer realidad dicho reclamos. También sucede a la inversa, que la institución le reclama al adolescente cosas que aparentemente este no puede cumplir.

Sumémosle además la pregunta que muchas veces rodea a toda la comunidad educativa, ¿para qué sirve estudiar? Y más haya de las respuestas casi obvias – para algunos ilustrados - que apelan a la formación tanto intelectual como humana. Existe una respuesta, muchas veces camuflada y por lo tanto muy preocupante en los discursos de los mayores; y es que la educación no sirve para nada.

Sin querer caer en romanticismos o palabrerías sin contenido. Para poder comprender la importancia de la formación y de la educación, como primera medida deberíamos de dejar de buscar la utilidad inmediata de la educación. Y pensarla más como la experiencia de dejarse seducir ante lo desconocido, de sentir el placer de conocer, simplemente por el hecho de conocer lo nuevo.

Pero para que esto necesariamente tenga sentido es fundamental, entender que no es un solo factor el que hay que cambiar – además de cambiar nuestras cabezas – sino que entre todos debemos sumar nuestro granito de arena.

Por que será difícil en cualquier época poder estudiar y seducirme con la educación, si no tengo la panza llena y el corazón contento