miércoles, 11 de febrero de 2009

Del barco de Chanquete no nos moveran


De adolescente no fui un gran fanático de la pesca, ahora tampoco lo soy. Mi punto de contacto con esta actividad o el motivo por el cual mis amigos me invitaban era mi madre o mejor expresado, por la torta de fiambre que cocinaba mi madre. La torta de fiambre era mi único aporte para las jornadas de pesca ya que ni siquiera tengo una caña.

Desde que conocí a Mike – gran pescador y mejor persona – ya concurrimos en dos oportunidades con intenciones de pescar. La primera vez fue en el puerto de Piriapolis, donde efectivamente estuvimos toda una tarde pescando. Mike me resulta un gran compañero de pesca, básicamente por que luego de que pesco, él me quita el pescado de mi caña. Si bien eso lo podría hacer cualquiera, yo no puedo debido a que mi contacto con los animales es casi nulo.

A los únicos animales a los que les tomé afecto fueron: Corbata, el perro del barrio de mi niñez; Chesaro y Jean Jack Pierre, dos peces que tuve por dos semanas y últimamente, debo confesar, a los caninos familiares Loly y Palermo también les tengo algo de afecto.

Volviendo a la pesca y a mi amigo Mike – Analia, ya puedo decir que es mi amigo ¿no? – al hecho de quitar el pescado de mi caña, le sumo que lo hace sin darme ningún sermón, ni darme un discurso sobre la ética y la moral del buen pescador que se quita su propio pescado.

Este verano estuvimos a punto de pescar por segunda vez. El desafío era doble, pues lo haríamos en altamar. Al mediodía fuimos hasta Cuchilla Alta, desde donde saldría la embarcación. Llegamos temprano y los restantes pescadores también asistieron puntualmente. En el grupo estaba un solitario Simbad - el marino – que en tan solo quince minutos, nos pasó todos los piques que un buen pescador debe manejar. También se nos unieron: Curly, Larry y Moe. Tres marines con un poco de sobrepeso, que se habían olvidado de la carnada, pero no de llevar una heladerita con refrigerios

El último que se sumó al grupo fue un compañero de trabajo de Mike, el cual traía las Aeromar – unas pastillas, para evitar el mareo – Luego de escuchar que Simbad también las tomaba, yo me tomé dos – por las dudas que una no me hiciera efecto –

El tiempo corría y Chanquete no aparecía; los pescadores impacientes comenzaron a llamarlo a su celular – que te asombras de que Chanquete tenga celular, si tú abuela también tiene uno – éste no daba señales, hasta que al final se dignó a atendernos. Luego de cortar Simbad – que creo que había cambiado su cinturón por el celular que tenia, una mini computada con tecleado y todo – nos comunicó que Chanquete no zarparía esa tarde.

La decepción fue general, aunque los tres chiflados se subieron a su camioneta y buscaron una sombra donde tomarse sus refrigerios – Simbad se les sumó -. El amigo de Mike volvió preocupado por las futuras cargadas de sus compañeros de trabajo ante la frustrada salida a pescar. Mientras que Mike y yo por miedo a volvernos a encontrar con el guarda de ómnibus que nos había traído - ante el cual nos hicimos los grandes pescadores y que se dignó todo el viaje a gastarnos- y porque no podíamos volver a subir al ómnibus con las manos vacías, decidimos volver caminando por la orilla, de última no nos íbamos a marear, pues ambos habíamos tomados las Aeromar.