sábado, 24 de mayo de 2008

La placita

Pasé mi infancia que transcurrió a los inicios de la década de los ochenta entre la escuela y el bario. Mi barrio tenía la placita como centro de reunión, lo que podría ser hoy un club social y deportivo.

Yaguarón e Islas de Flores son las calles donde se daba la cita, unos cuantos árboles que le servían de muralla que cuidaban a “La placita” de los olores de las seis de la tarde de la fábrica de jabones Strauch y del Cementerio Central. Unos bancos en forma de cinco sin terminar, eran la escenografía que nos encontraba tarde tras tarde cuando veníamos de la escuela y día tras día durante nuestras vacaciones.

Los deportes no faltaban, basket, volley y fútbol eran los preferidos por los mayores que llegaban después de las siete de la noche y marcaban las canchas con pinturas donadas por el ferretero del barrio, dejándonos un espacio para los más chicos. Nosotros los más jóvenes les pusimos “Club social y deportivo La placita fútbol club”.

Nombre que por su extensión no duro mucho en perderse así como se perdieron los deportes, las bolitas y las arañas que dormían en la pared empedrada que daba a la fabrica. La culpa de tal exterminio se la llevaron las hamacas y la jaula de los monos que un día la Intendencia de Montevideo puso sin preguntarle al barrio si eran necesarias.

El palco, que veraneaba en febrero cuando se acercaba el desfile de llamadas, servía de tribuna para los partidos nocturnos que se jugaba sobre el hormigón de Islas de Flores. Hacía las veces de montaña donde nos trepábamos sin tocar el piso mezclándonos con los tablones.

La placita fue la vivienda de Pachamé también, un pichi, un linyera o vagabundo. Un señor que bien temprano barría la plaza, para cuando nosotros fuéramos a jugar no tuviéramos hojas en el medio de la cancha. Lo acompañaba “El corbata” su mascota, su perro, que después de un tiempo también se transformó en nuestro perro. Al único perro al que le tuve cariño fue al Corbata.

Juan, el padre de Líber, fue el que movió a nuestros padres y entre todos lograron contactar a Pachame con su hijo quien un día vino de Buenos Aires a buscarlo. Luego de eso a Pachamé lo volvimos a ver solo una vez, pasó a visitarnos pero la plaza ya no era la misma, las hamacas la habían invadido. Pachamé nos contó que vivía con su hijo y que ya no necesitaba de las plazas para utilizarlas de hotel.

Fue Juan quien en la placita nos enseñó a cabecear, no saco el miedo a la pelota cuando ésta venía en el aire, nos enseño que era el parietal derecho, y fue al primero que escuché decir: “…Pégale un frentazo con ojos abiertos, como si…saludaras a la bandera…”

Mi abuela Pocha en su balcón, la mamá del Tatén y Marcos desde la florería y Bafico el carpintero eran los guardias que desde sus garitas vigilaban que las peleas solo quedaran en empujones. En eso tiempos el mayor motivo para irse a las manos, pelearse, era que te insultaran a tu madre. Cómo nos poníamos y totalmente enfurecidos recriminábamos a nuestros agresor: “…a mi decíme lo que quieras, puteame a mi, pero no te metas con mi madre, que mi madre no es ninguna put…” Y ya luego de eso venían los empujones, y los vecinos que empezaban a correr para separar. Si el comando de seguridad fallaba, las peleas eran mano a mano, sin garrones y prohibido pegarle a alguien cuando éste estaba en el piso.

Hoy paso y mi “Placita” ya no existe, ya no es mi “Placita”. Los códigos y habitantes de esta Plaza ya no me pertenecen ya no son míos, me son ajenos y son distintos, la culpa que la “Placita” se transformara, de que cambiara, hasta el día de hoy les juro que es de las hamacas y la jaula de los monos.